Islas de silencio
Reflexiones
“A hermit said, ‘Take care to be silent. Empty your mind. Attend to your meditation in the fear of God, whether you are resting or at work. If you do this, you will not fear the attacks of the demons.’”
Apophtegmata Patrum (Dichos de los Padres del Desierto)
Amanece sobre la península del Athos. La bruma del Egeo asciende por los riscos y envuelve los muros de los monasterios. En la penumbra, un tañido grave de campana corta el silencio: es la señal para el Orthros, el oficio de maitines que precede al alba.
Los monjes se levantan sin prisa, en silencio. Se cruzan en los pasillos apenas iluminados por velas, y cada uno hace una leve inclinación al pasar frente al icono del Cristo Pantocrátor. En la iglesia principal el aire huele a incienso y cera consumida. El cántico se eleva despacio, monótono y profundo.
Cuando termina la oración la luz ya entra oblicua por las ventanas del altar, y el mar, allá abajo, empieza a brillar.
Tras la oración, llega el Refectorio, donde se sirve pan, aceitunas, lentejas y vino diluido. Un lector recita pasajes de los Padres del Desierto o la vida de algún santo.
El resto del día se reparte entre el trabajo y la contemplación. Algunos cuidan los huertos o los olivares; otros copian manuscritos, restauran iconos o atienden a los peregrinos que llegan por mar.
Por la tarde, antes del ocaso, los monjes se reúnen de nuevo para el hesperinos, el oficio vespertino. Después, algunos caminan por los senderos de piedra que conectan los monasterios con sus sketes, pequeñas ermitas encaramadas en los acantilados, donde viven los ascetas que buscan un retiro absoluto.
Cuando cae la noche, el Monte Athos se sumerge otra vez en la oscuridad. Desde las celdas se oyen los murmullos del mar y, a veces, un salmo que se escapa de alguna ventana abierta. La jornada termina igual que comenzó: en oración. Aquí, cada día se repite, pero nunca es igual. Porque en el silencio y la soledad, los monjes buscan algo que no cambia: la presencia de Dios.
Me pregunto cómo sentirán en estos lugares el signo de los tiempos. ¿Sentirán esos monjes, aislados del mundanal ruido, algún tipo de temblor que los desplace de la calma de sus días?
En tiempos de violencia, los monjes mantuvieron la misma regla: no portar armas, no juzgar, no abandonar la oración.
Athos fue uno de los pocos lugares en Europa que quedó formalmente “bajo protección” durante la grandes guerras. Los abades llegaron a enviar una misiva al mismísimo Adolf Hitler, apelando a su respeto por la herencia cristiana y cultural del lugar. Hitler firmó un decreto prohibiendo cualquier incursión militar.
La Guerra civil griega (1946–1949) fue el momento más tenso para la comunidad. Hubo enfrentamientos en la región de Calcídica, y algunos grupos armados llegaron a las cercanías del monte. Se sabe que varios monjes escondieron refugiados y que algunos monasterios fueron saqueados en busca de alimentos, algo que ha sucedido en muchos momentos de su historia más secular.
El contraste entre el estruendo de la historia y la quietud del espíritu es quizá uno de los rasgos más conmovedores del Monte Athos.
Athos me hace cuestionar hasta que punto la ansiedad que vivimos es artificial, efectista, o real. Igualmente, está incomodidad que nos asalta está ahí por algo tangible e ineludible, y es importante saber escucharla. Pero más allá de estas islas a un lado del tiempo, estamos cambiando de rumbo a una velocidad tal que resulta imposible no solo descifrar qué definirá los próximos cinco años sino ya el mes siguiente. Nos despertamos cada día pensando «a ver qué mierdas ha sucedido hoy» (y no siempre recurriendo a las piscinas de información más adecuadas y certeras…)
Cuando me llegan historias de la Guerra Civil española muchos de los grandes enfrentamientos y sucesos que definieron y pueblan hoy los libros de Historia no llegaron a suceder en ciertos lugares, o al menos no con la misma virulencia, y no a todos por igual. De Galicia, el lugar de donde provengo y donde resido actualmente, me han llegado historias de un tío o un padre que se fue a la guerra, de la foto que conservamos de ellos, vestidos de uniforme antes de partir. Un monumento en la costa hace honor al día en el que el avión donde viajaba actor de Hollywood fue derribado por los nazis. Imaginad la cara de descrédito de un niño, mirando al cielo, mientras observaba como esa avioneta era abatida por una escuadrilla de Junkers 88 alemanes, los primeros y quizá los únicos que llegó a ver en toda su vida.
En las aldeas se pasaba hambre y necesidad pero no era algo que atribuir a exclusivamente a la guerra, ocurría desde que se tiene memoria. Gran parte de la narrativa se sentía a través de la radio y no se aparecía a las puertas de casa en forma de fusilero. Para otros, el pan tenía durar más tiempo en la casa y la realidad de aquel conflicto les impactó tan de lleno que se los llevó por delante. Por eso, cada día me levanto con los mismos dilemas: ¿Caer del lado doloso de la Historia es una cuestión tan azarosa? ¿Cuánto puedo yo robar al azar para tener más posibilidades de poner a salvo la calma de mis días? ¿Porqué en ocasiones me siento culpable cuando me refugio en el silencio y me aislo?
Se ha convertido en supervivencia desenchufar el cordón umbilical, callar al pajarito follonero y coger un libro, refugiarse en películas, pan y vino, o sentarte en el suelo con tus hijos para dejarte caer con ellos a un lado del mundo, hasta que el tsunami de la IA se convierta en un rumor lejano, la inflación solo se note cuando miramos el ticket de la compra, o la guerra no exista mientras nadie nos llame a filas, nos ponga un uniforme y nos saquen esa foto con la que seremos recordados por nuestros nietos.
Es complicado descifrar las señales (sobretodo cuando distintas situaciones conviven casi puerta con puerta) y saber qué balas hay que esquivar en un mundo tan aparentemente volátil. ¿qué puede ser evitable mediante mi actitud o mis decisiones? ¿Cómo puedo deshacer ese nudo en el estómago para respirar con un poco más de aire? No tengo una respuesta clara. Quizá por eso escribo sobre esto, para intentar dar con algún tipo de sentido, aún con la incertidumbre tan adentro. Solo sé que cuando mi sobrina me coge de la mano me siento más fuerte y más capaz y cuando salgo con mis botas y mi mochila al bosque vuelvo con más claridad y menos bruma.
Cuando más me alejo más despejado es el camino.
Quizá un monje en el monte Athos tenga otras respuestas. Yo me quedo con mis refugios. Que cada uno se construya los suyos y deje de sentirse culpable por no estar siempre en el centro de su tiempo, intentando descifrar cuando y por donde colapsarán, si es que algún día lo hacen, todos estos castillos de cristal que habitamos. El resto está en manos del azar y su danza.
Imagen: Saint Paisios of Mount Athos
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